El primer paso: Arrepentirse

Después de que Dios nos llama, el arrepentimiento es el primer paso en nuestra relación con él.

“En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:1-2).

Después de que Dios nos llama, el arrepentimiento es el primer paso en nuestra relación con él. Sin el arrepentimiento, nos encontramos apartados de Dios: “He aquí que no se ha acortado la mano del Eterno para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:1-2).

Sin embargo, él quiere que todos se arrepientan y se conviertan en hijos suyos (2 Pedro 3:9; Juan 1:12). Para que esto pueda suceder, Dios en su gran misericordia empieza a guiarnos al arrepentimiento (Romanos 2:4).

Notemos cómo el apóstol Pedro enseñó a quienes Dios estaba llamando. En su primer sermón, el cual predicó en la Fiesta de Pentecostés, Pedro dijo: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”.

Aquellos que le escuchaban “se compungieron de corazón” y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:36-38).

Pero ¿qué significa arrepentirse? Entre las definiciones se incluyen: apartarse afligido de la antigua forma de actuar; cambiar positivamente el modo de pensar; sentir profundo remordimiento o contrición; entristecerse reconociendo uno mismo su culpabilidad ante Dios; aborrecer los pecados anteriores; alejarse completamente del pecado.

La Biblia describe el arrepentimiento como un profundo reconocimiento de nuestros pecados y la consiguiente tristeza que nos hace cambiar nuestro modo de pensar y actuar. El apóstol Pablo lo explicó de esta manera: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Corintios 7:10). La tristeza del mundo es superficial, de manera que no produce un cambio verdadero y permanente. Pero la tristeza que es según Dios nos permite ver cuán perversos somos como humanos; nos hace poner nuestra esperanza en Dios y nos lleva a hacer un compromiso profundo que realmente transforma nuestro modo de pensar y actuar.

La esencia del arrepentimiento es el cambio: dejar nuestra antigua forma de vivir para obedecer y servir a Dios. Pedro, en el sermón que citamos anteriormente, describió el arrepentimiento como una profunda y sincera expresión de sumisión a Dios. Esto es el resultado de haber reconocido nuestra culpabilidad ante Dios y lo que Jesús hizo como nuestro Salvador personal para reconciliarnos con el Padre (Romanos 5:8-10; 2 Corintios 5:18-20). El arrepentimiento nos une al Padre y a Jesucristo en una relación extraordinaria.

El milagro del arrepentimiento

En lo que se refiere a nuestra relación con Dios, debemos comprender desde un principio que el arrepentimiento es en sí un milagro. Vemos en la Biblia que la oportunidad de arrepentirnos es un don de Dios, que sólo es posible cuando él nos trae hacia sí. Jesús dijo claramente: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere . . .” (Juan 6:44).

Es imposible que un ser humano, basado en sus propias fuerzas e intelecto, entregue su voluntad completamente a Dios. Humanamente, no podemos comprender la profundidad del cambio que Dios desea en nuestra mente y corazón. Necesitamos ayuda incluso para entender lo que es el pecado. Por eso Dios tiene que concedernos el arrepentimiento (Hechos 11:18; 2 Timoteo 2:25). Además, necesitamos la fuerza de voluntad —tanto el deseo como la decisión— de arrepentirnos. Este deseo también viene de Dios, “porque Dios es el que en vosotros produce así elquerer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

Aunque Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4), él no obliga a nadie a arrepentirse. Su benignidad y bondad nos guían al arrepentimiento (Romanos 2:4), pero él no decide por nosotros; la decisión sigue siendo nuestra. Quienes sinceramente se arrepienten se dan cuenta muy pronto de que Dios está obrando activamente en su vida, trabajando en ellos para crear un profundo deseo de realizar los cambios necesarios para agradarle. Queriendo saber qué es lo que Dios espera de ellos, estudian la Biblia, la inspirada Palabra de Dios, para comprender mejor su voluntad. Tales personas desean someterse a Dios y vivir de acuerdo con sus instrucciones.

El estudio diligente y sincero de la Palabra de Dios, junto con un fuerte deseo de someternos a su voluntad, pronto nos permite ver dentro de nosotros los mismos deseos egoístas que dominan el comportamiento y la forma de pensar de todo ser humano. Empezamos a reconocer la influencia penetrante que tiene la “mente carnal”, como la llamó el apóstol Pablo (Colosenses 2:18), en nuestro pensar y actuar. Pero primero, Dios tiene que convencernos del pecado (Juan 16:8) para que podamos arrepentirnos y así comprender cuán alejados estamos de sus caminos. Debemos ver el pecado dentro de nosotros y reconocer la hostilidad tan arraigada que tenemos contra Dios y sus leyes, “por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).

Reconocer el pecado en nosotros constituye un avance muy significativo, pues el primer paso para cambiar un mal hábito o evitar una mala acción es reconocer y aceptar que existe un problema. Debemos estar dispuestos a reconocer nuestras faltas y aceptar nuestra culpabilidad: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:9-10).

¿Qué es el pecado?

En el mundo de hoy, el pecado no es un tema de moda. Lo que sí está de moda en nuestra sociedad es buscar la manera de absolvernos totalmente de la responsabilidad por nuestros actos. Los expertos suelen decir: “No se le puede hacer responsable de sus acciones, porque abusaron de él cuando era niño”. Lamentablemente, somos propensos a aceptar ciertas prácticas pensando que no puede ser tan malo si todo el mundo lo hace.

Pero Dios va directamente al grano, y en la Biblia nos define claramente lo que es el pecado: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). ¿A qué ley se estaba refiriendo Juan? Lo aclara en otro pasaje de esta epístola: “En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3-4). También escribió: “Este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). El pecado se define como el quebrantamiento de los mandamientos y leyes de Dios.

¿Por qué debe preocuparnos el quebrantar las leyes de Dios? ¡Porque está en juego nuestra vida eterna! El apóstol Pablo advirtió: “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Es fácil reconocer pecados como el homicidio, el hurto y el adulterio, pero Jesús amplió el concepto del pecado al incluir hasta nuestros pensamientos, no sólo nuestras acciones. Dijo que la ira, el odio y la codicia —que son pensamientos y actitudes— quebrantan los mandamientos en contra del adulterio y el homicidio tanto como los actos físicos (Mateo 5:22, 28; 1 Juan 3:15).

No hay nadie que no haya fallado: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). El apóstol Pablo describe nuestro estado natural, carnal, separados de Dios: “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios . . . No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno . . . Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:10-12, 15-18).

El arrepentimiento es un cambio interno

Aunque Dios sabe que somos pecadores, no es severo con nosotros; no obstante, sí exige que nos convirtamos y nos sometamos a él. Espera que adoptemos en nuestra vida su modo de pensar y actuar, tal como lo revelan las Sagradas Escrituras; quiere que desechemos nuestra antigua manera de pensar y vivir, y que nos convirtamos en un “nuevo hombre” cambiando nuestros pensamientos, actitudes y carácter (Efesios 4:22-24). Dios nos dice: “Renovaos en el espíritu de vuestra mente” (v. 23).

Estas advertencias significan para nosotros toda una vida de crecimiento y cambio, comenzando por el cambio inicial: el arrepentimiento que Dios exige antes del bautismo. Él requiere que cambiemos nuestro corazón y nuestro rumbo en la vida.

Pablo escribió: “El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6). Debemos dejar que la Palabra revelada de Dios penetre en nuestra conciencia y cambie nuestro modo de pensar, porque ahí es donde empieza el verdadero arrepentimiento. El arrepentimiento es una decisión personal de permitir que Dios nos cambie por dentro y por fuera. Santiago dijo: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros . . .” (Santiago 4:8).

La misericordia de Dios es tan grande que él nos perdonará, siempre y cuando abandonemos nuestro modo equivocado de pensar y obrar: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Eterno, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo el Eterno” (Isaías 55:7-8).

Aprendamos a pensar como Dios

Si el cambio se inicia desde adentro, con nuestros pensamientos, el buen comportamiento vendrá como consecuencia. El comportamiento justo, que Dios acepta, sólo puede ser fruto de las convicciones, actitudes, emociones y deseos justos; es el resultado de nuestros pensamientos.

Pero ¿cómo podemos aprender a pensar como Dios? ¿Cómo podemos cambiar nuestros pensamientos? Dios nos revela su modo de pensar —sus normas y principios— en la Biblia. Por lo tanto, leyendo y estudiando sinceramente la Palabra de Dios podemos aprender a pensar como él piensa.

En Proverbios 2:1-5 esto se expresa claramente: “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor del Eterno, y hallarás el conocimiento de Dios”.

Jesús confirmó la importancia que tiene la Palabra de Dios como guía de nuestra vida: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Y por medio del profeta Isaías declaró: “Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:2). Quien tenga una actitud de verdadero arrepentimiento buscará en la Palabra de Dios las instrucciones sobre cómo vivir.

Los frutos del arrepentimiento

En el Nuevo Testamento, el concepto del arrepentimiento fue introducido por Juan el Bautista, quien “fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados” (Lucas 3:3). Notemos que en su mensaje señaló la relación que existe entre el bautismo, el arrepentimiento y el perdón de los pecados; no se puede tratar ninguno de estos temas sin hablar de los otros dos.

Juan era muy conocido en su tiempo. Las multitudes le seguían y le pedían que los bautizara, mas él no recibía bien a todo el mundo; algunos sencillamente no entendían el concepto del arrepentimiento. Juan les advirtió: “¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Lucas 3:7-8).

Algunos quedaron sorprendidos cuando Juan se negó a bautizarlos. La gente le preguntó: “¿Qué haremos?” (v. 10). ¿Cuáles eran esos frutos que él les exigía? ¿Qué era lo que esperaba de ellos?

En seguida, Juan dio una de las descripciones más profundas y reveladoras del verdadero arrepentimiento que hay en toda la Biblia. Demostró que el verdadero arrepentimiento produce frutos: resultados auténticos de un corazón transformado. Juan no les dio una definición de las palabras arrepentimiento y frutos sacada del diccionario, sino que les dio ejemplos de cómo era necesario cambiar para presentarse verdaderamente arrepentidos delante de Dios.

“Respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario” (vv. 11-14).

Era práctica común de los publicanos satisfacer su codicia cobrando más de lo que establecía la ley por concepto de impuestos, para luego embolsarse el excedente. Los soldados aumentaban sus ingresos mediante la extorsión, intimidando y abusando de las mismas personas a quienes se suponía que debían proteger. Como estos servidores públicos se negaban a reconocer sus propias faltas, Juan escogió ejemplos que pudieran entender; les exigió pruebas del arrepentimiento de corazón. Exigió el sacrificio personal, ofrecido voluntariamente, como prueba de un sincero deseo de servir y ayudar a los demás. Les dijo que se examinaran a sí mismos para ver la motivación que había detrás de sus actitudes y acciones.

El fruto específico que Juan buscaba era un cambio de comportamiento, y escogió ejemplos típicos de la naturaleza egoísta que hay en todos nosotros.

Jesús nos aclara que los cambios más necesarios vienen del corazón, de nuestros pensamientos y actitudes: “Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos . . .” (Marcos 7:20-21). Entonces explicó cómo se manifiestan aquellas actitudes internas: “. . . los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (vv. 21-23).

Dios desea que nos arrepintamos y que adoptemos su modo de pensar; sin embargo, para algunos este cambio puede ser tan abrumador que les parece imposible. ¡Y así es! Sin la ayuda de Dios, es absolutamente imposible. Cuando Jesús comparó el ingreso en el Reino de Dios al paso de un camello por el ojo de una aguja, los discípulos preguntaron asombrados: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?” (Marcos 10:23-26). Jesús respondió: “Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios” (v. 27). Para arrepentirnos realmente, debemos aprender a confiar en Dios más que en nosotros mismos.

En Lucas 18:9-14 Jesús hizo un contraste entre la actitud de un fariseo que, aparentando ser muy justo, confiaba en sí mismo, y la de un publicano arrepentido que reconocía su propia incapacidad espiritual y buscaba obtener de Dios ayuda para alcanzar la verdadera justicia. Jesús explicó que el perdón de Dios (la justificación) se concede a todo aquel que, en vez de confiar en sí mismo, mira hacia Dios con humildad buscando la fortaleza para arrepentirse y cambiar su comportamiento.

Busquemos la ayuda de Dios

Si usted realmente desea dedicarle su vida a Dios, es necesario que le pida el don del arrepentimiento. Es esencial que le diga en oración cuáles son sus intenciones y que busque su ayuda; no debe confiar en su propia capacidad para percibir sus pecados y desarraigarlos. Si usted no tiene el hábito de orar regularmente, o si nunca ha orado y la sola idea de hacerlo le hace sentirse incómodo, comprenda que Dios desea ayudarle. Jesús prometió: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Si desea sinceramente seguir los mandamientos e instrucciones de Dios, dígaselo con toda confianza.

La clave consiste en tener fe en él. En Hebreos 11:6 se nos dice: “Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. A nosotros nos corresponde actuar con fe y confiar en que Dios contestará nuestras oraciones.

Este es uno de los pasos más importantes de toda la vida. ¡No se detenga! Tómese el tiempo ahora y hable con Dios.

Examinemos ahora el significado del bautismo.

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