¿Cómo entra Santa Claus en escena?

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Los cristianos verdaderos deben examinar la historia de los símbolos navideños y dejar de decirles a sus hijos que Santa Claus y sus duendes, renos y regalos están relacionados con Jesucristo.


Fuente: @HASLOO/iStock/Thinkstock

 ¿Cómo es que Santa Claus entra en escena? ¿Por qué esta mítica figura está tan estrechamente vinculada con la celebración de la Navidad? En este caso también hay mucha bibliografía que ayuda a vislumbrar los orígenes de este popular personaje.

“Santa Claus” es una mala adaptación estadounidense del nombre holandés Sinterklaas, que es la versión corta de Sint Nikolaas, un personaje llevado a América del Norte por los primeros colonos holandeses. Este nombre a su vez proviene de Saint Nicholas (San Nicolás), obispo de la ciudad de Myra, ubicada en el sur de Asia Menor, un santo católico honrado por los griegos y los romanos cada 6 de diciembre.

Él fue obispo de Myra en la época del emperador Diocleciano. Fue perseguido y torturado por profesar la fe católica y estuvo encarcelado hasta la llegada de Constantino al poder, cuyo reinado fue más tolerante (The Encyclopaedia Britannica, 11th edition, Vol. 19, p. 649, “Nicholas, St.” [“Nicolás, San”]). Varias historias aseguran que hay una conexión entre la Navidad y San Nicolás, en especial en cuanto a dar regalos al comenzar la noche el día de San Nicolás, que posteriormente se transfirió a la celebración de la Navidad (ídem).

¿Cómo es posible que un obispo proveniente de la asoleada costa mediterránea de Turquía llegara a asociarse con el hombre de traje rojo que vive en el Polo Norte y que se traslada en un trineo tirado por renos voladores?

Después de todo lo que hemos aprendido acerca de los antiguos orígenes precristianos de la Navidad, no debería sorprendernos escuchar que Papá Noel no es nada más que una figura reciclada de antiguas creencias paganas.

Los elementos asociados con Papá Noel –su traje afelpado, el trineo y los renos– revelan que su origen proviene de climas fríos del lejano Norte. Algunas fuentes lo han rastreado hasta los antiguos dioses de Europa del Norte, Odín (o Woden) y Thor (Count, pp. 56-64). Se decía que Odín, representado con una larga barba blanca, atravesaba el cielo montado sobre su caballo de ocho patas llamado Sleipnir.

Otros rastrean a Santa Claus hasta el dios romano Saturno y el dios griego Silenus, compañero y guardián del dios del vino Dionisio (William Walsh,The Story of Santa Klaus, [La historia de Santa Claus], pp. 70-71).

¿Qué diferencia hace esto?

La Biblia no nos da ninguna razón –y ciertamente ninguna instrucción– para que apoyemos los mitos y las fábulas en torno a la Navidad y Papá Noel. Ambas tradiciones están vinculadas al sistema de este mundo y en abierta oposición al camino de Cristo y su santa verdad. “Así dijo el Eterno: No aprendáis el camino de las naciones” (Jeremías 10:2).

Los verdaderos cristianos deberían examinar el origen de los símbolos navideños y dejar de decir a sus niños que Santa Claus y sus duendes, renos y regalos están relacionados con Jesucristo, pues definitivamente no lo están.

¡Dios odia la mentira! “Seis cosas aborrece el Eterno, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos” (Proverbios 6:16-19).

Cristo revela que Satanás el diablo es el padre de las mentiras (Juan 8:44). Los padres deberían contar a sus hijos la verdad acerca de Dios y de las prácticas de este mundo, confusas y contrarias a su ley. Si no lo hacemos, solo perpetuamos la noción de que es aceptable que los padres mientan a sus hijos.

¿Puede un cristiano promover un feriado pagano y sus símbolos como algo que Dios o Cristo han aprobado? Veamos lo que Dios piensa acerca de las personas que usan costumbres y prácticas enraizadas en religiones falsas para adorarlo a él y a su Hijo. Encontramos su opinión claramente expresada en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Dios específicamente ordena a su pueblo no hacer lo que antiguos líderes de la iglesia hicieron, incorporando prácticas idólatras y llamándolas cristianas. Antes de que los israelitas entraran a la Tierra Prometida, Dios les advirtió: “Guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, [los habitantes paganos de la Tierra] . . . ; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así al Eterno tu Dios; porque toda cosa abominable que el Eterno aborrece, hicieron ellos a sus dioses . . . Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Deuteronomio 12:30-32).

Muchos siglos después, el apóstol Pablo viajó a numerosas ciudades gentiles y fundó en ellas iglesias. A los miembros de la Iglesia de Dios en Corinto, una ciudad sumida en la idolatría, Pablo les escribió: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?

“Porque vosotros sois el templo del Dios viviente . . . Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré . . . Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 6:14-17; 7:1).

En vez de permitir a los miembros renombrar y celebrar costumbres asociadas con falsos dioses, Pablo les dio instrucciones muy claras: no debían tener nada que ver con ellas. De manera parecida, les dijo a los atenienses que estaban inmersos en la idolatría: “Habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).

Dios prohíbe expresamente adoptar días y costumbres de adoración paganos para honrarlo a él. Jesucristo explica claramente que “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24). No podemos honrarlo de verdad con prácticas falsas originadas en la adoración de dioses inexistentes.

Jesús dijo: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Marcos 7:6-7). Con Dios no se permiten sustitutos. No importa si los cristianos que observan Navidad lo hacen convencidos de que está bien; Dios no se complace de ello.

El Dios Todopoderoso, quien nos creó, nos preserva y nos da vida eterna, ha hecho su voluntad en este asunto y lo ha dado a conocer a través de su Palabra, la Biblia. ¿Honrará usted a Dios o seguirá las tradiciones de los hombres? 

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