¿Qué es el pecado?

Empecemos esta lección examinando los aspectos del pecado a

¿Cuál es la definición más directa del pecado que encontramos en la Biblia?

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La ley de Dios define la diferencia entre el bien y el mal, entre el pecado y la justicia. Como Pablo lo explicó, “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).

¿Cuál es el meollo de la ley de Dios?

“Y [Dios] escribió en las tablas . . . los diez mandamientos que el Eterno os había hablado en el monte de en medio del fuego, el día de la asamblea; y me las dio el Eterno” (Deuteronomio 10:4).

Todos los mandamientos y otras leyes de las Escrituras están basados en los principios que se encuentran en el Decálogo, y éste a su vez está basado en dos grandes principios de amor que reflejan el carácter de Dios (Mateo 22:37-40; comparar con 1 Juan 4:8, 16; Romanos 13:9-10).

Cometer pecado es comportarse de una manera que no muestra amor por Dios o por el prójimo. Daña a otros, así como a nosotros mismos. (Si desea una explicación más detallada acerca del daño que causa quebrantar los mandamientos de Dios, y los beneficios que podemos cosechar cuando los guardamos, no vacile en solicitarnos un ejemplar gratuito del folleto Los Diez Mandamientos; o si prefiere, puede descargarlo directamente de nuestro portal en Internet.)

Para llegar a ser convertidos, ¿qué es lo que tenemos que hacer primero?

“Mas el impío, si se apartare de todos sus pecados que hizo, y guardare todos mis estatutos e hiciere según el derecho y la justicia, de cierto vivirá; no morirá” (Ezequiel 18:21).

Para convertirnos —volvernos del pecado y recibir el perdón de Dios y su santo Espíritu— debemos dejar de transgredir sus leyes y empezar a cultivar el hábito de la justicia por medio de la obediencia. “Y cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; si él se convirtiere de su pecado, e hiciere según el derecho y la justicia, si el impío restituyere la prenda, devolviere lo que hubiere robado, y caminare en los estatutos de la vida, no haciendo iniquidad, vivirá ciertamente y no morirá. No se le recordará ninguno de sus pecados que había cometido; hizo según el derecho y la justicia; vivirá ciertamente” (Ezequiel 33:14-16).

¿Cuán extendido está el pecado?

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10-12; comparar con v. 23).

La Biblia dice que todos hemos cedido a los deseos y sentimientos egocéntricos de la naturaleza humana y hemos violado las leyes de Dios.

Analicemos ahora cómo la Biblia describe varios aspectos del pecado, y al mismo tiempo nos explica por qué pecamos.

¿Son más obvios algunos pecados que otros?

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

Casi cualquier persona entiende que un comportamiento extremadamente hostil, agresivo o desenfrenado es algo dañino. Pero no todos reconocen tan claramente cuál es el origen de semejante comportamiento. Por lo tanto, algunos aspectos del pecado no son tan obvios como aquellos que Pablo describe en su carta a los gálatas.

¿En dónde comienza el pecado?

“Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos . . .” (Mateo 15:18-19).

El pecado comienza en la mente; comienza con pensamientos, actitudes y deseos nocivos. Pablo nos dice que “todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3; comparar con Romanos 1:28-32; Gálatas 5:24; Colosenses 3:5-9).

¿Dio Jesús ejemplos claros de esa clase de pecados?

“Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:22).

“Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6).

“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28).

La desobediencia a las leyes de Dios siempre comienza en la mente. Para ilustrar este principio Jesús citó los peligros de la ira, la hipocresía y la lujuria. El apóstol Pedro también entendió que el pecado es el producto del pensamiento corrompido. Cuando reprendió a Simón el mago, lo exhortó: “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón”(Hechos 8:22; comparar con Salmos 81:11-13).

¿Es pecado obrar en contra de nuestra conciencia?

“Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Timoteo 1:5).

“. . . Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14:23).

Nuestra conciencia es simplemente lo que creemos que está bien o mal, ya sea cierto o no. Cuando obramos en contra de nuestra conciencia hacemos algo que pensamos que no deberíamos hacer, y así nos acomodamos a lo que pensamos que está mal. Pablo dice que hacer esto también es pecado.

Enfatizamos que nadie tiene discernimiento innato del bien y del mal. Como hemos visto en este curso, el verdadero entendimiento del bien y del mal proviene del conocimiento de la ley de Dios. Este conocimiento se convierte en parte de nuestra conciencia. Si actuamos de manera contraria a este conocimiento, bien sea en el espíritu o en la letra, pecamos. Pablo también nos advirtió: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:1-2). Si continuamos pecando después de conocer y entender la verdad, corremos el riesgo de “cauterizar” nuestra conciencia volviéndonos insensibles al pecado y endureciéndonos hacia Dios.

¿Es posible que pensemos que somos más justos de lo que somos?

“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros . . .”(Lucas 18:9).

En la parábola que comienza en el versículo siguiente, Jesús describe a dos hombres, cada uno de los cuales se veía a sí mismo de una manera diferente. Jesús muestra lo fácil que es creerse justo cuando en realidad no lo es. “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (vv. 10-13).

El fariseo, miembro de una respetada institución religiosa, guardaba los requerimientos externos de la ley. Parecía justo ante los demás, pero no captaba el propósito fundamental de las leyes de Dios: amar y respetar al prójimo. En su corazón aún despreciaba a otras personas. Señalaba su obediencia externa para exaltarse sobre los demás, en lugar de cultivar el amor genuino hacia ellos.

En cambio, el publicano, quien ejercía una profesión despreciada que era notoria por engañar a la gente, podía entender que era pecador. Vino delante de Dios arrepentido, buscando su misericordioso perdón de tal forma que pudiera comenzar una nueva vida. Jesús concluyó la parábola diciendo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (v. 14). Sólo aquellos que se humillan lo suficientemente como para reconocer sus actitudes, deseos y motivos pecaminosos pueden encontrar el arrepentimiento verdadero. Aquellos que se consideran justos ante sus propios ojos seguirán espiritualmente ciegos.

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