Introducción: ¿Por qué creó Dios al hombre?

El hombre necesita desesperadamente recibir conocimiento de una fuente fuera de sí mismo, no sólo respecto a lo físico y material, sino también en el aspecto mental y espiritual.

A lo largo de la historia, la humanidad ha buscado las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida: ¿Quiénes somos y por qué estamos aquí?

Estas son preguntas vitales que todo hombre y mujer debería hacerse. Y podemos agregar algunas más: ¿Qué es el hombre? ¿Por qué existimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué fuimos creados?

Desde el punto de vista estrictamente físico, los seres humanos somos simplemente un fenómeno químico y fisiológico. Es decir, estamos compuestos de materia: “del polvo de la tierra”, como dice la Biblia (Génesis 2:7).

Pero ¿qué significado tiene realmente nuestra vida? ¿Existimos sólo por corto tiempo, para luego desaparecer para siempre? O ¿fuimos creados con un propósito especial? ¿Qué nos diferencia del reino animal o de los demás seres vivientes?

Las respuestas claras y directas que da la Biblia a estas preguntas nos darán un entendimiento correcto de nuestro asombroso potencial humano y contribuirán a aclarar el gran misterio de nuestra existencia.

¿Hay algo más?

Biológicamente, el hombre es un organismo vivo. Nuestra composición es química. Tenemos esqueleto, varias clases de tejido, un sistema nervioso, órganos internos y capas externas de piel. Todo ello nos hace humanos en un sentido físico y material.

Pero ¿no consiste el hombre en algo más allá de lo que puede ver el ojo? ¿No hay algo único acerca de nuestra composición y naturaleza? ¿No hay algo que trasciende el mundo puramente físico y material, algo que sugiere que nuestra existencia encierra un gran propósito y una dignidad increíbles?

¿Qué nos hace comportarnos como lo hacemos? ¿Por qué experimentamos angustias morales y anhelamos investigar lo desconocido? ¿Qué nos impulsa a alcanzar más conocimiento en casi todos los campos y disciplinas? ¿Por qué buscamos el conocimiento por el conocimiento mismo? ¿Por qué tenemos un intelecto que nos conduce a más logros y avances en el mundo material?

Los estudios académicos acerca de los orígenes de la humanidad han resultado ser de los más difíciles de todas las ciencias. Es significativo que el bioquímico Michael Behe, en su libro Darwin’s Black Box (“La caja negra de Darwin”), haya demostrado en forma contundente, con pruebas científicas, la absoluta imposibilidad de que la vida haya evolucionado de la materia inerte.

La teoría de la evolución, acogida casi universalmente, no puede explicar por qué vamos en pos de conceptos intangibles como la belleza y las más altas aspiraciones espirituales. La mente humana es demasiado compleja para haber surgido de manera pasiva o fortuita. La Biblia nos dice inequívocamente que Dios creóal hombre. (Si desea profundizar en este tema, no vacile en solicitar nuestro folleto gratuito El supremo interrogante: ¿Existe Dios?)

Necesitamos conocernos mucho mejor. Nuestra ignorancia acerca de nosotros mismos es asombrosa, particularmente en lo que se refiere a responsabilidad moral y propósito espiritual. Sabemos mucho más acerca de lo inanimado, acerca de la flora y fauna terrestres e incluso de la naturaleza de los cuerpos celestes. Sin embargo, inmensas regiones de nuestra propia humanidad siguen siendo un oscuro misterio.

Las condiciones mundiales son espantosas y con mucha frecuencia quedan fuera de control. El principal culpable es el hombre mismo. Necesitamos urgentemente buscar las causas de nuestras fallas morales e intelectuales. Nuestra búsqueda de conocimiento es casi exclusivamente materialista. Si tan sólo pudiéramos cambiar el curso de nuestra curiosidad natural para buscar respuestas espirituales, nuestro futuro dejaría de ser tan incierto.

El hombre necesita desesperadamente recibir conocimiento de una fuente fuera de sí mismo, no sólo respecto a lo físico y material, sino también en el aspecto mental y espiritual.

Las limitaciones de la ciencia

La civilización moderna no es capaz de suplir nuestras necesidades espirituales. La ciencia se limita a lo que se puede observar y medir, y sencillamente no puede enseñarnos todo lo que necesitamos saber acerca de nosotros mismos. Las especulaciones filosóficas son sustitutos inadecuados del conocimiento revelado por Dios. Además, el engaño espiritual que afecta al mundo entero (mencionado en Apocalipsis 12:9) viene a incrementar nuestra dificultad para entendernos correctamente.

Lo que no se entiende es que nuestras mentes están sujetas a leyes espirituales que son tan inexorables como las leyes físicas que han descubierto los científicos. Aunque no podemos ver la fuerza de la gravedad, ninguno de nosotros duda de su existencia. Y así como la gravedad afecta y gobierna las acciones de todos los objetos físicos, así también las leyes espirituales afectan y gobiernan nuestras acciones y comportamiento. No podemos transgredir impunemente las leyes morales y espirituales de Dios.

El método científico tiene otras limitaciones. Las cualidades y sentimientos que no tienen peso ni dimensiones espaciales —tales como el amor, la vanidad, el odio, la apreciación de la belleza, la inspiración de un poeta o aun las aspiraciones de un científico— no pueden comprobarse científicamente.

Aunque la ciencia aporta cierto conocimiento al misterio del hombre, sólo Dios puede decirnos quiénes somos, por qué existimos y cuál es nuestro verdadero potencial. Su Palabra, la Biblia, llena el vacío espiritual en el conocimiento humano.

En la Palabra de Dios se considera al hombre en su totalidad, pues éste simplemente no puede ser separado en partes distintas e independientes. Así como dejaríamos de existir si nuestros órganos estuvieran aislados unos de otros, así también seríamos menos que humanos si nuestros atributos espirituales no estuvieran presentes. Es en el todo del hombre (y de la mujer) que debemos enfocar nuestras energías intelectuales. Sobre todo, no debemos hacer caso omiso del aspecto espiritual.

En su libro Human Options (“Opciones humanas”), el ensayista Norman Cousins escribió: “Ese algo que constituye la cualidad única humana no puede expresarse adecuadamente por medio de ningún término solo. Aún el ‘espíritu’ del hombre y su ‘capacidad para la fe’ no son la totalidad de esa cualidad única”. Son muchos los factores que nos separan del reino animal: el lenguaje; la capacidad de conceptualizar; nuestra percepción del pasado, del presente y del futuro; nuestra capacidad de razonar y de entender las matemáticas; nuestro cuerpo y mucho más. Sin embargo, hay un factor aún más importante: nuestra necesidad de entender.

El escritor R.J. Berry, en su libro God and Evolution (“Dios y la evolución”), señaló una importante característica distintiva, una característica que abarca y trasciende todas las demás: “El factor clave para entender nuestra naturaleza, tal como lo enseña la Biblia, es examinar el significado de la imagen de Dios, la cual nos diferencia de los ... animales”.

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¿Qué significado tiene realmente nuestra vida? ¿Existimos sólo por corto tiempo, para luego desaparecer para siempre? O ¿fuimos creados con un propósito especial? ¿Qué nos diferencia del reino animal o de los demás seres vivientes? Las respuestas claras y directas que da la Biblia a estas preguntas nos darán un entendimiento correcto de nuestro asombroso potencial humano y contribuirán a aclarar el gran misterio de nuestra existencia.

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