Jesucristo: ¿Fracasó en su rol como Mesías?

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Jesús de Nazaret es la figura central del cristianismo. Sus seguidores aseguraban que él era el Mesías judío que regiría al mundo, pero fue sentenciado a muerte como un criminal. ¿Fracasó Jesucristo en su rol como Mesías?


Fuente: istockphoto

Desde que los primeros legionarios romanos entraron a Judea, la sociedad judía se vio afectada por situaciones de alto riesgo. Los habitantes judíos del imperio oraban por la liberación de la dura opresión romana, y pedían que Dios enviara durante su generación al Mesías prometido.

De acuerdo a los profetas, este Mesías, “el Ungido”, destinado a servir como el rey de Israel en nombre de Dios, llegaría a Jerusalén con el poder de Dios. Los profetas anunciaron cómo destruiría a los grandes ejércitos que se opusieran a él y luego restauraría a los israelitas a su condición de pueblo escogido. Todas las naciones vendrían a estar bajo su gobierno y su reino nunca tendría fin.

Cierto día en particular, una gran paz envolvía la ciudad de Nazaret. Era sábado, un día santo en el que los judíos adoraban a Dios. Aquel día en la sinagoga de Nazaret, un ciudadano, carpintero de oficio (trabajo que en esa época incluía albañilería y construcción de obra gruesa), se levantó y el líder de la sinagoga le entregó un pergamino del profeta Isaías. Este hombre joven, cuyo nombre era Yeshua (Jesús, en griego), era conocido como el hijo del carpintero Yosef (José) de Nazaret. Jesús leyó del pergamino:

“El espíritu del Eterno el Señor está sobre mí, porque me ha ungido el Eterno; me ha enviado a predicar buenas noticias a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad del Eterno y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados” (Isaías 61:1-2).

Todos en la sinagoga estaban en silencio, expectantes por saber que pasaría después. La congregación miraba a Jesús mientras él regresaba a su asiento. Pero su siguiente intervención, “Hoy se ha cumplido esta escritura delante de vosotros”, provocó en la asombrada multitud gran conmoción, incredulidad e incluso ira.

La reacción de muchos en la sinagoga fue de enojo: “¡Nosotros te conocemos! Tú eres el hijo de José. ¿Qué te da el derecho de decir semejantes cosas acerca de ti?”

Jesús respondió con un proverbio: “Ningún profeta es acepto en su propia tierra”.

La confrontación entre Jesús y los que estaban en la sinagoga se hizo tan intensa, que la multitud se convirtió en una turba enfurecida que lo arrastró hasta un precipicio desde donde algunos querían lanzarlo. Sin embargo, Jesús pudo escabullirse de en medio y escapar (Lucas 4:16-30).

Así comenzó el ministerio de Jesús de Nazaret, y terminaría tres años y medio más tarde con su crucifixión a manos de los romanos, fuera de la ciudad de Jerusalén.

Después de este poco afortunado ministerio, Jesús debió ser un personaje olvidado por la historia. ¿Por qué atrajo él una oposición tan violenta y se elevó con tanta prominencia a pesar de ello? ¿Por qué su vida y enseñanzas aún tienen tanto impacto sobre miles de millones de personas? Además, ¿era Jesús realmente el Mesías, o fracasó en la misión que, según la profecía, llevaría a cabo este personaje prometido?

Los antecedentes del Mesías

Para comenzar a responder estas preguntas, tenemos que revisar las antiguas Escrituras Hebreas, comúnmente conocidas como Antiguo Testamento. Gran parte del Antiguo Testamento es la historia de una familia. Aproximadamente 4.000 años atrás, un hombre llamado Abraham recibió la promesa de Dios de que toda su descendencia sería bendecida.

Gran parte de Génesis, el primer libro del Antiguo Testamento, relata la historia de Abraham y tres generaciones de su familia. Sus descendientes a través de su nieto Jacob, que más tarde pasó a llamarse Israel, terminaron viviendo en Egipto, donde con el tiempo se multiplicaron y fueron esclavizados por los egipcios, quienes vieron en ellos una potencial amenaza. Éxodo, el segundo libro de las Escrituras Hebreas, nos cuenta la historia de cómo Dios los liberó de la esclavitud a través de Moisés, quien los guió a la tierra que le había prometido a Abraham.

Los descendientes de Abraham a través de Jacob, que como pueblo adquirieron el nombre de Israel, se convirtieron en un importante reino del antiguo Medio Oriente. Ubicados al lado de la ruta comercial entre Mesopotamia y Egipto, la historia de Israel estuvo colmada de poder y riqueza, así como también de invasión y guerra. La nación se dividió en dos reinos: Israel y Judá, y la población de ambos fue deportada por sus enemigos. Con el tiempo, unos pocos de Judá (conocidos como judíos) regresarían a la Tierra Prometida. A lo largo de la historia de Israel y Judá, varios profetas aparecieron para advertir a las personas que volvieran su rostro a Dios y para declarar el futuro regreso del Mesías de Dios a fin de bendecir a todas las naciones.

Los judíos del primer siglo, que vivían a la sombra del magnífico templo de Herodes y bajo el yugo romano, esperaron por la promesa mesiánica del reino. Josefo, historiador judío del primer siglo, y el historiador romano Tácito, atestiguan el fervor de la anticipación mesiánica judía.

Fue en esta cargada atmósfera de ocupación y anticipación que Jesús, un carpintero de la región, no un sacerdote oficial, ni maestro del templo, ni un gran rey guerrero, clamó que el Espíritu de Dios estaba en él para liberar a las personas y traerles el mensaje del evangelio.

Obviamente, las personas de Nazaret estaban un poco desilusionadas con la idea de que un simple carpintero fuera el Mesías prometido, quien, según habían anunciado los profetas, regiría a todas las naciones “con vara de hierro”.

¿Podría ser este el Mesías?

Después del incidente en Nazaret, Jesús continuó su ministerio viajando de pueblo en pueblo a través de Judea y Galilea, predicando en las sinagogas, en las casas de la gente y en las colinas. Él declaraba que el reino de Dios estaba por venir y que las personas necesitaban volverse a Dios. Él también hizo milagros maravillosos, sanando a  muchos enfermos y cojos. Algunas personas comenzaron a creer. Tal vez Jesús sí era el rey prometido.

Y si Jesús era el Mesías, ¡entonces su liberación estaba cerca! Los rabinos les hablaban de cómo el Mesías destruiría a los enemigos de Israel y todas las naciones sabrían entonces que el Dios de Israel era el Dios verdadero.

Isaías había profetizado: “Acontecerá que al final de los tiempos será confirmado el monte de la casa del Eterno como cabeza de los montes; será exaltado sobre los collados y correrán a él todas las naciones” (Isaías 2:2). Al comparar varias referencias bíblicas, es evidente que en la profecía los “montes” simbolizan grandes naciones y que los “collados” (colinas) se refieren a pueblos o naciones más pequeñas.

Isaías continúa: “Vendrán muchos pueblos y dirán: ‘Venid, subamos al monte del Eterno, a la casa del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén la palabra del Eterno” (v. 3).

Los judíos anticiparon este glorioso reino mesiánico, donde los pueblos “convertirán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra” (v. 4).

Tal vez, pero solo tal vez, este carpintero hacedor de milagros de Nazaret podría ser el gran rey guerrero de Isaías. Después de tres años y medio desde la vez que habían tratado de arrojar a Jesús por el precipicio, él volvió triunfalmente a Jerusalén. Miles de creyentes se agolparon para recibirlo, dando vítores y gritando que “el hijo de David”, “el rey de Israel”, finalmente había llegado.

Los líderes religiosos judíos estaban impactados. Le pedían a Jesús que dijera a las multitudes que se detuvieran, pero Jesús se rehusó a hacerlo. Así es que ellos planearon un complot para deshacerse de este supuesto Mesías. Unos pocos días después su misión tendría éxito, y Jesús moriría crucificado a manos de los romanos. Cuando Jesús fue llevado ante el gobernador romano Poncio Pilato, este le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos? . . . Jesús le respondió: Tú dices que yo soy rey”. Luego de mucha presión por parte de los líderes judíos, Pilato accedió a la solicitud de ejecución y el humilde maestro de Nazaret fue condenado, por ser una amenaza al poderoso Imperio romano. La señal sobre la cruz proclamaba su crimen y decía que él era “REY DE LOS JUDÍOS” (Juan 18:33-38; 19:19).

El misterio del Mesías

Isaías profetizó que el Mesías regiría a las naciones desde Jerusalén. Los discípulos de Jesús creían que él era el Mesías. Ellos esperaban que derrocara al Imperio romano y estableciera el reino de Dios en la tierra.

Pero no sucedió. En vez, los líderes religiosos judíos conspiraron contra él, fue traicionado por uno de sus discípulos, los romanos lo golpearon hasta el punto de dejarlo irreconocible y luego fue crucificado públicamente. Después de su muerte, muchos de los seguidores de Jesús estaban devastados y perdieron la fe y la esperanza.

Por supuesto, sabemos que ese no es el final de la historia. Jesús, como nos dice el Nuevo Testamento, resucitó de entre los muertos. Él visitó nuevamente a sus discípulos, pidiéndoles que predicaran el evangelio del reino al mundo y que cuidaran a sus seguidores. Pero luego se fue, regresando al cielo junto a su Padre. ¿Qué había pasado entonces con el Mesías que reinaría como rey sobre Israel y el mundo entero para siempre?

Las personas comenzaron a cuestionar si Jesús era realmente el Mesías profetizado. Algunos sentían que él había fracasado en lo más esencial de su misión. ¿Por qué razón había comenzado su ministerio citando una profecía mesiánica de Isaías, para luego ignorar otras profecías claves? ¿Por qué no había establecido el reino de Dios en Jerusalén, como Isaías había dicho que lo haría?

Para resolver nuestro misterio, veamos otra profecía mesiánica del libro de Isaías y luego regresemos al incidente en Nazaret.

En Isaías 52 y 53, el profeta habla de un siervo de Dios que sería exaltado. Este siervo sería golpeado y brutalmente asesinado. Isaías escribe: “Muchos se asombraron de él, pues tenía desfigurado el semblante; ¡nada de humano tenía su aspecto! Del mismo modo, muchas naciones se asombrarán” (Isaías 52:14-15, Nueva Versión Internacional).

Tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento enseñan que es imposible para un ser humano moralmente corrupto estar en la presencia del Dios justo, a menos que Dios otorgue su perdón a esa persona mediante su divina gracia o favor.

Pocas personas entienden las enseñanzas bíblicas fundamentales de la gracia. La gracia no tiene significado si no hay justicia. Piense en lo siguiente: el perdón no tiene sentido a menos que alguien haya hecho algo malo.

Quienes poseen sólidos conocimientos sobre el cristianismo saben que una de sus enseñanzas primordiales es la muerte y la resurrección de Jesús como el Mesías, el Ungido o Cristo. ¿Por qué murió Jesucristo? ¿Por qué la Biblia se enfoca tanto en su crucifixión y resurrección?

Si no entendemos por qué Jesús, el hijo de Dios, fue crucificado como el Mesías judío profetizado, entonces su muerte no tiene importancia ni significado alguno. Saber quién es Jesucristo y cómo se aplican a nosotros su vida, muerte y resurrección, es el conocimiento más importante que se puede poseer. ¡Esta verdad puede cambiar su vida!

Es un concepto verdaderamente simple

La justicia de Dios y la forma en que él concibe el bien y el mal exigen el entregar nuestra vida como castigo por los pecados que se originan en nuestra naturaleza pecadora. “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Dios nos ama, pero eso no cambia la definición del bien y del mal contenida en su ley moral y espiritual.

El amor de Dios, sin embargo, proveyó un sustituto que tomaría mi lugar y el de usted. El hijo de Dios vino a la tierra como Jesús de Nazaret para reemplazarnos y bendecir a las naciones. Nosotros no podemos ganarnos ese tipo de amor.  Solamente podemos reconocer nuestra culpa ante Dios y aceptar agradecidamente su amor y misericordia, mostrada en el sacrificio de su propio hijo.

La sangre del “siervo que sufre”, profetizada por Isaías, salpicaría a muchas naciones. Esta era una poderosa imagen para los judíos del primer siglo.

Día tras día, el templo de Herodes se llenaba con los sonidos y olores de los corderos y carneros que eran sacrificados. La sangre de estos era rociada y regada, como un sustituto para que los judíos pudieran recibir el favor de Dios. Pero el libro de Hebreos muestra que este sistema de sacrificios pretendía representar algo mucho más grande, especialmente el gran misterio de cómo la sangre de un solo hombre sería derramada en lugar de la sangre de toda la humanidad culpable.

Isaías nos dice que el siervo de Dios sería despreciado y rechazado, que sería “herido por nuestras rebeliones . . . y por sus llagas fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

Los evangelios, los primeros cuatro libros del Antiguo Testamento, describen los macabros detalles de la muerte de Jesucristo. Él fue golpeado con palos y puños por los soldados. Lo despojaron de sus ropas y lo flagelaron con un látigo con tiras de cuero, que en sus extremos tenían púas de metal y huesos para desgarrar y mutilar la piel humana. En sus manos y pies le colocaron clavos, para luego crucificarlo y ridiculizarlo frente a las personas. Finalmente, fue atravesado con una lanza y se desangró hasta morir. Todo esto sucedió tal cual Isaías lo había profetizado siglos antes.

Ahora tal vez podamos comenzar a entender lo que Jesús estaba enseñando en la sinagoga de Nazaret.

Regreso a la sinagoga en Nazaret

Volvamos al comienzo. El líder de la sinagoga le entrega a Jesús un pergamino del libro de Isaías. Jesús lo abre y lo lee: “El espíritu del Eterno el Señor está sobre mí, porque me ha ungido el Eterno. Me ha enviado a predicar buenas noticias a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los prisioneros apertura de la cárcel . . .”

El hecho de que Jesús se detuviera en medio de la oración es muy interesante. La siguiente línea del pasaje dice: “y el día de la venganza del Dios nuestro” (Isaías 61:1-2)

El “día de venganza” se refiere a otra profecía en Isaías, una aterradora profecía acerca de un tiempo cuando el Eterno estará “airado contra todas las naciones” (Isaías 34:1-2). Será un tiempo en el que Dios intervendrá drásticamente en la historia humana. En este “día de venganza”, Dios enviará al Mesías prometido como Rey de Reyes a juzgar a todas las personas y a regir al mundo.

¿Qué aprendemos del hecho que Jesús solo leyó parte de la profecía de Isaías? ¿Por qué no leyó el pasaje entero?

La respuesta es que Jesucristo estaba revelando un punto fundamental en la historia de la salvación: que el Mesías viene a la tierra nouna,sino dosveces.

La primera vez él vino como un simple carpintero y rabino, enseñando la religión verdadera de Dios y ayudando mediante sus milagros a muchas personas con todo tipo de aflicciones. Luego murió, como sustituto del sacrificio por los errores de la humanidad. Es decir, por los errores míosy los de usted. Mediante este generoso acto, él hizo posible la verdadera libertad y resucitó para tomar su lugar a la diestra de Dios el Padre. Sin su primera venida para “vendar a los quebrantados de corazón, publicar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel”, no hay cristianismo verdadero.

Es igualmente cierto que si Jesús no regresa a proclamar el día del juicio de Dios, probablemente no hay cristianismo auténtico. Esa es la respuesta al misterio del Mesías judío. Él viene a la tierra la primera vez como el siervo sufriente y la segunda vez, muchos siglos después, como el rey conquistador, trayendo la paz y la prosperidad a toda la humanidad (ver Hebreos 9:28).

¿Qué significado tiene esto para usted?

A usted le ha tocado vivir entre las dos venidas del Mesías. Gracias al sacrificio de Jesucristo, usted puede tener una relación personal con su Creador. Usted puede convertirse en el discípulo de Jesús.

Un discípulo es más que un creyente. Un discípulo sigue a un maestro en particular. Un discípulo dedica su vida a imitar a ese maestro. El cristianismo tiene muchos creyentes. Lo que Jesús quiere son discípulos comprometidos.

Estudie los Evangelios y encontrará que la esencia del mensaje de Jesús es la venida del reino de Dios. Él espera que sus discípulos estén preparados para ese reino. Sus fieles seguidores tienen una visión distinta del mundo, un código diferente del bien y del mal, una forma distinta de adoración a Dios. Las buenas noticias del reino y todo lo que este conlleva es el mensaje de Jesucristo hasta hoy. Ese mensaje es para usted.

Ser un discípulo verdadero es más que asistir a servicios religiosos una vez por semana. Sus relaciones, su carácter, su conducta en el trabajo, cómo se relaciona con Dios, su vida entera, deben cambiar. Cristo lo dio todo por usted y él a cambio solo lo necesita a usted.

¡Por supuesto que Jesucristo no fracasó! Como el Mesías verdadero, él cumplió perfectamente con el objetivo de su primera venida y también lo hará con el objetivo de la segunda. Esta es una promesa absoluta de Dios. Jesús regresará pronto como Rey de Reyes a establecer el reino de Dios sobre toda la tierra. Vivimos a la espera de ese magnífico suceso. ¡Vuélvase a Dios ahora! Sea más que un creyente. ¡Conviértase en un discípulo y prepárese para el reino futuro y eterno del Mesías!

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