¿Debe un cristiano del nuevo pacto usar borlas o flecos?

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No adoptemos la religión vana de los fariseos, que busca el reconocimiento de otros. Por el contrario, procuremos adoptar aquellas cosas que edifican el cuerpo, uniéndonos y entrelazándonos con lo que cada miembro aporta.

¿Debe un cristiano usar borlas o flecos?
Fuente: lueenayim/iStockphoto/Thinkstock

En el artículo "¿Debe un cristiano del nuevo pacto usar filacterias o mantos de oración?" aprendimos que la costumbre judía de usar filacterias y manto de oración son prácticas no bíblicas y que por lo tanto no constituyen una obligación para el cristiano contemporáneo. Otra costumbre que de vez en cuando hace su aparición hoy en día es el uso de borlas o flecos. En este artículo vamos a ver qué nos dice el Antiguo Testamento acerca de ellos, para determinar si los cristianos del nuevo pacto deben o no cumplir con esta tradición.

Los flecos o "tzitzit" son un grupo de cordones anudados, de entre 13 y 25 cm de largo, que se usan en la cintura. A menudo van adheridos a un manto o faja, pero también pueden adornar cualquier prenda.

En los libros de Moisés hay dos pasajes en donde se les ordena a los israelitas el uso de borlas. El primero de ellos se encuentra en Números 15:38-40: “Da las siguientes instrucciones al pueblo de Israel: en todas las generaciones venideras harán borlas al borde de su ropa y las atarán con un cordón azul. Cuando vean las borlas, recordarán y obedecerán todos los mandatos del Señor, en lugar de seguir sus propios deseos y contaminarse, tal como es su tendencia. Las borlas los ayudarán a recordar que deben obedecer todos mis mandatos y ser santos a su Dios” (Nueva Traducción Viviente).

El Todopoderoso sabía que los israelitas olvidarían su ley, y también lo sabía Moisés. Después de entregarles los Diez Mandamientos y sabiendo que su corazón no era justo, Dios les dijo: ”¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!” (Deuteronomio 5:29).

Antes de que Moisés muriera, Dios le dijo que Israel se olvidaría de sus leyes y su pacto (Deuteronomio 31:16). Consciente de que así sería, Moisés advirtió a los israelitas sobre lo que sucedería (v. 29). ¿Debería sorprendernos, entonces, que Dios les ordenara practicar algunas cosas físicas para ayudarles a recordar su ley?

 

El cumplimiento del nuevo pacto

Pablo llamó a estos recordatoriosmaestros o tutores. “Dicho de otra manera, la ley fue nuestra tutora hasta que vino Cristo; nos protegió hasta que se nos declarara justos ante Dios por medio de la fe” (Gálatas 3:24, NTV). Mediante la ley hemos llegado a Cristo y entendemos que “podemos vivir una vida nueva” (Romanos 6:4, NTV) y que hemos sido “revestidos del nuevo [hombre], el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3:10).

El libro de Gálatas también nos enseña que las leyes ceremoniales, dadas 430 años después del pacto con Abraham (que se basó en su obediencia a los mandamientos, leyes y estatutos de Dios, Génesis 26:5), no cambiaron el pacto, sino que fueron añadidas debido a la continua desobediencia de Israel, para que esto los comprometiera hasta la llegada del Mesías.

En Hebreos se nos entrega una especie de lista breve para determinar exactamente de qué leyes se está hablando: “Esta es una ilustración que apunta al tiempo presente. Pues las ofrendas y los sacrificios que ofrecen los sacerdotes no pueden limpiar la conciencia de las personas que los traen. Pues ese sistema antiguo solo consiste en alimentos, bebidas y diversas ceremonias de purificación, es decir, ordenanzas externas que permanecieron vigentes solo hasta que se estableció un sistema mejor. Entonces Cristo ahora ha llegado a ser el Sumo Sacerdote por sobre todas las cosas buenas que han venido. Él entró en ese tabernáculo superior y más perfecto que está en el cielo, el cual no fue hecho por manos humanas ni forma parte del mundo creado” (Hebreos 9:9-11, NTV).

Al aceptar el pacto de Dios en Éxodo 19-23, los israelitas en dos ocasiones juraron solemnemente obedecer a Dios y atenerse a su ley. Sin embargo, rápidamente desobedecieron y exigieron un becerro de oro para adorar. Este fue el inicio de una larga lista de pecados, con los que quebrantaron sus promesas. Esto demostró a Dios que Israel no había dimensionado la seriedad de su compromiso con Dios ni el temor que debían tenerle. El propósito de los ritos y sacrificios físicos era enseñar al pueblo de Israel la importancia de obedecer las leyes de Dios y la gravedad de su transgresión.

“Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador” (Gálatas 3:19).

Debido a que Jesucristo se sentó a la derecha del Padre y envió al Espíritu Santo para que nos ayudara, ahora tenemos las leyes y mandamientos de Dios escritos en nuestra mente y corazón. Este cambio, hecho posible gracias al sacrificio de Jesucristo por nosotros, fue el más significativo de todos y fue profetizado en Jeremías 31:31-33 y luego confirmado en Hebreos 8:8-10.

 

Deuteronomio 22: Ordenanzas

El segundo pasaje que nos instruye sobre el uso de las borlas nos revela una serie de principios que debemos aplicar en nuestras vidas. Tal pasaje es Deuteronomio 22, que contiene diversas ordenanzas. Las ordenanzas no sonmandamientos ni estatutos, sino más bien instrucciones sobre cómo aplicar estas leyes en situaciones determinadas. Al permitir que la ley de Dios guíe y lidere nuestras decisiones, estamos aplicando estos criterios diariamente. Lea los primeros doce versículos y verá que estas instrucciones ilustran las distintas formas en que se aplica el segundo gran mandamiento, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18).

En este capítulo los israelitas reciben instrucciones de diversa índole: devolver los animales y prendas perdidas; ayudar a otros cada vez que sea necesario (Gálatas 6:10); a que los hombres no se vistan como mujeres ni las mujeres como hombres; a no sembrar semillas mezcladas; a no arar el campo con animales diferentes; y no mezclar fibras distintas en las telas. También se les ordena tener misericordia hacia las aves madres y que siempre construyan un pequeño muro alrededor de la azotea para evitar caídas.

Aunque todas estas instrucciones provienen de Dios y tienen una base espiritual, no todas se aplican de forma física. La mayoría de nosotros no vive en una casa con un parapeto (una pared vertical que antiguamente se construía como una extensión del techo para evitar caídas); sin embargo, guardamos el principio de fondo, que es hacer de nuestra casa un lugar lo más seguro que podamos para los residentes e invitados.

La Biblia nos dice que el propósito de las prendas con flecos era recordar a los israelitas los mandamientos de Dios. Ellos eran esclavos del pecado,  porque al carecer del Espíritu de Dios, su naturaleza humana y la influencia de Satanás hacían que se resistieran a lo que era correcto. Dios quería que fueran una nación modelo para el mundo, pero no fueron capaces de hacerlo por mucho tiempo ya que sucumbieron a la naturaleza humana, con la que todos estamos tan familiarizados. Pero ahora, gracias al Espíritu Santo, podemos vencer nuestra naturaleza. Ahora podemos obedecer de corazón. Pablo escribió: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:17-18).

La instrucción de confeccionar flecos para recordar a los israelitas que no debían olvidarse de la ley de Dios se aplica actualmente adorando a Dios, no solo físicamente sino en espíritu y verdad. Jesucristo le dijo a la mujer en el pozo: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”
(Juan 4:24).

 

Los recordatorios espirituales
sustituyen a los físicos

Desde el advenimiento del Espíritu Santo, que nos permite rechazar o derrotar al pecado (Romanos 8:13), constantemente se nos hace recordar, por medios espirituales, nuestro pacto con Dios y la necesidad de vivir correctamente. La Palabra escrita de Dios es la forma principal de llevar esto a cabo.

Pedro dijo que sus cartas serían un recordatorio (2 Pedro 1:15, 3:1-2). En la actualidad, se nos insta a recordar periódicamente mediante la predicación de los ministros en los servicios sabáticos, los estudios bíblicos y la convivencia y conversación con los hermanos. Pablo advirtió a Timoteo que fuera cuidadoso respecto a esto (2 Timoteo 2:12-14).

Pablo entendió que los creyentes podían amonestarse mutuamente, e incesantemente les hacía recordar su llamado, su futuro y la necesidad de obedecer a Dios, y escribió en una de sus epístolas: “Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros” (Romanos 15:14).

Una de las funciones del Espíritu de Dios es ayudarnos a recordar las enseñanzas de Jesucristo. Antes de ser crucificado, Jesús prometió a sus discípulos: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).

 

Las enseñanzas de Jesús sobre
los fariseos, las filacterias y los flecos

Muchas personas creen que Jesús usaba un manto con flecos, y el registro bíblico parece afirmar que sí lo hizo durante el tiempo que estuvo en la Tierra. Mateo 14:36 y otros versículos paralelos relatan que las personas que necesitaban ser sanadas “le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su manto; y todos los que lo tocaron, quedaron sanos”. La palabra griega traducida como “borde” –kraspedon– puede significar “ribete”, “borde” o “flecos”.

La misma palabra se usó también en un sermón muy fuerte que Jesús entregó denunciando a los escribas y fariseos. “Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos [kraspedon] de sus mantos” (Mateo 23:5). Jesús claramente condena hacer cosas aparentemente religiosas solo para ser vistos por los demás. Una y otra vez Jesús reprendió a los fariseos por la forma en que enfocaban la religión, afirmando que eran hipócritas (Lucas 12:1), que su padre era Satanás el demonio, que estaban cumpliendo sus deseos (Juan 8:44), y que habían anulado el efecto de la ley de Dios en sus vidas por las tradiciones que seguían (Marcos 7:7-8). Su adoración era vanidad, pues lo que los motivaba no era correcto.

Jesús recalcó fuertemente este punto en el sermón del monte: “Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa” (Mateo 6:1, Nueva Versión Internacional).

Quienes usan flecos generalmente lo hacen motivados por un sincero deseo de obedecer a Dios, pero con mucha frecuencia encontramos ejemplos de individuos que han hecho de esta observancia (o de otros innumerables temas sin importancia) una causa de división en el Cuerpo de Cristo.

Jesús condenó a los escribas y a los fariseos por obedecer mandamientos físicos hasta el grado más ínfimo, mientras desatendían los asuntos importantes de la Ley (Mateo 23:23-24).

De igual forma, no deberíamos convertir ningún mandamiento físico del que estemos personalmente convencidos en un asunto que cause división.

Pablo se refirió a problemas similares en Romanos 14 y 1 Corintios 8, donde dijo que si hay un desacuerdo entre las personas respecto a la observancia física, debemos dejar que “cada uno esté plenamente convencido en su mente” de lo que cree (Romanos 14:5) y “que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles” (1 Corintios 8:9). En vez, escribió, debemos procurar hacer las cosas que nos permitan estar en paz y que contribuyan a la mutua edificación (Romanos 14:19).

Ahora tenemos “un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Hebreos 8:6). No busquemos la vana religión de los fariseos, que solo persigue el reconocimiento de otra gente.

En cambio, procuremos las cosas que edifican el Cuerpo de Cristo, uniéndolo y ayudándolo mediante lo que cada miembro puede aportar (Efesios 4:16).  

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