Buscando mi identidad

Posteado el 3 August, 2017

Cuando se está en un país extranjero, una de las peores cosas que te puede suceder, fuera de cualquier daño físico, es perder tu pasaporte. Ese documento es lo único que identifica al portador y determina su ciudadanía. El poder demostrar al mundo quién uno es y de dónde proviene, es de vital importancia.

Después de leer ese párrafo contundente, uno podría pensar que jamás perdería ese documento. Todo lo contrario, sufrí por unas horas la pérdida del mismo estando en otro país y eso me dejó lecciones que duran toda la vida. De hecho, con solo recordar dicho episodio, busqué mi pasaporte y me aseguré de saber dónde estaba guardado.

Estaba viajando con amigos en un país encantador. Ellos confiaron en mí para hacer todas las reservas. Yo tenía el hábito de guardar mi pasaporte y demás documentos de reservas en un fólder verde. Al llegar al primer hostal, busqué mi pasaporte para confirmar la reserva y me doy cuenta de que no lo tenía conmigo. Tampoco en mi maleta. Tampoco con mis amigos. Tampoco en el techo ni en ningún lugar inusual que pueda buscar dentro de la desesperación del momento. Me sentí verdaderamente forastero y vulnerable (1 Crónicas 29:15).

Suelo reaccionar con calma ante situaciones extremas, pero cualquier ayuda es necesaria para aclarar la mente. Y para mí, si es ayuda, es divina. Lo primero que hice fue llamar a la aerolínea. No se me ocurrió que el teléfono de una aerolínea suele tener tiempos de espera exorbitantes. Yo no pensaba claramente. Entonces, uno de mis amigos me toca el hombro y me dice (Isaías 30:21): “Es mejor que vayas ahora mismo al aeropuerto y hables en persona con el personal de la aerolínea”. Me ahorró cualquier cantidad de tiempo que me hubiese tomado llegar a esa decisión.

Corrí hacia la parada del bus del aeropuerto, pero en mi ajetreo y mi falta de experiencia en esa ciudad, no encontraba la dichosa parada. Me debí haber visto un poco lamentable. Solo sabía que tenía que buscar mi pasaporte. En eso aparece otra ayuda añadida, en la forma de una señora mayor con una voz muy dulce que me dice con su acento encantador: “¿Hola muchacho, necesita ayuda?” “Si”, le digo yo, “estoy buscando la parada de bus para el aeropuerto”. Responde ella, “no se preocupe joven, está en frente suyo”. Me di cuenta de que todo ese rato estaba frente a la parada. Incluso, el bus estaba un poco más adelante. Acababa de hacer su parada y ya estaba en camino al aeropuerto, esperando que la luz roja del semáforo se cambiase a verde. Pensé que tendría que esperar al siguiente bus, pero la señora, empeñada en ayudarme me dice, “toque la puerta del conductor, seguro le abre”. Sin mucha esperanza toqué la puerta del conductor. El señor me vio y sin pensarlo dos veces abrió la puerta y me dice “llegas a tiempo muchacho, ¡súbete!” Otra ayuda añadida.

Al llegar al aeropuerto, fui a la mesa de atención de la aerolínea. Había una fila enorme de gente con problemas que resolver. Sin razón alguna, una empleada del aeropuerto me fue a hablar a mí directamente, en medio de todos los demás. Las ayudas seguían añadiéndose (Mateo 6:33).

Cuando le describí mi situación, se notaba en su cara su preocupación por mí. Me dijo que fuera a la sección de objetos perdidos del aeropuerto y preguntara ahí si tenían mi pasaporte. Fui a esa sección y pregunté por un pasaporte perdido. El encargado abrió los ojos como luna llena y me dijo “¿perdiste tu pasaporte?” Es obvio que no era algo común. El señor buscó frenéticamente y después me dijo apesadumbrado que no tenía ningún pasaporte. Regresé adonde la empleada del aeropuerto y le dije que en aquella sección no tenían mi pasaporte. Otro par de ojos como luna llena. Fuimos a una oficina desde la cual empezó a hacer llamadas. Después de varios intentos me dijo que la esperara. Ella se fue y tomó consigo todas las esperanzas que yo había depositado en ella para que encontrara mis papeles. Al cabo de unos minutos (u horas o días, que se hicieron sentir en mi desesperación), la vi caminando hacia mí con un fólder verde. En cuanto lo tuve, sentí un alivio certero que solo puede venir después de una tempestad. Ahora podía demostrar al mundo quién soy yo y de dónde provengo.

Sé que hay muchas lecciones con analogías espirituales que debo tomar. Cuando pierda mi identidad espiritual y me encuentre desamparado, sé que tengo que buscar con ahínco y humildad mi verdadera ciudadanía en el Reino de Dios, tal como busqué mi pasaporte. Sabiendo que, dentro de esa búsqueda, cualquier ayuda será añadida por gracia de Dios (Proverbios 3:34).



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